domingo, 21 de agosto de 2011
DE NUEVO EN EL FRENTE DE BATALLA
LA "JUSTICIA" MAMERTIZADA ALLENDE LAS FRONTERAS
Esta valiosa reflexiòn nos debe ayudar a permanecer despiertos en estos momentos de aletargamiento de la conciencia patriòtica, cuando el actual presidente de Colombia ha defraudado la confianza de los que creìmos ver en èl al digno sucesor del Mejor Presidente de la historia de Colombia.
Hay algo de indecente en el “perdón” pedido, en nombre del Estado colombiano, por el ministro del Interior Germán Vargas Lleras, por el asesinato de Manuel Cepeda Vargas el 9 de agosto de 1994 en Bogotá. Tras las sucintas informaciones publicadas por dos diarios acerca del acto en un salón del Capitolio nacional, se instaló un gran silencio. Es como si todos hubiéramos aceptado que ese pedido de “perdón” es legítimo y que los hechos sobre los cuales éste descansa son muy claros.
Pero esa no es la situación.
El ministro Vargas Lleras acató una sentencia de la CIDH que, acogiendo las pretensiones desproporcionadas de la familia de Cepeda Vargas, obliga al Estado colombiano a someterse a esa ignominia. Nada más legítimo que la familia del senador comunista asesinado pida justicia y reparación. Sin embargo, Iván Cepeda, el hijo del muerto, se ha embarcado en una operación de largo aliento que va más allá de eso. El quiere culpar de ese crimen al Estado Colombiano y obligarlo a que acepte semejante acusación, como si ésta no fuera falsa, y que soporte una serie de humillaciones.
Lo ocurrido en el Capitolio el 8 de agosto pasado es una claudicación del gobierno de Juan Manuel Santos ante una de las operaciones de deslegitimación del Estado colombiano más vastas que el país haya conocido. Es cierto que ese tribunal extranjero falló de esa manera. Ello no quiere decir que esa sentencia sea irreprochable, justa e imparcial. Es, por el contrario, una sentencia que debe ser cuestionada. Por una razón fundamental: la CIDH fue incapaz de reconocer los hechos del asunto, sobre todo el punto principal: que ese asesinato no fue urdido, ni ordenado, ni dirigido, ni auspiciado, ni ocultado por el Estado ni por el gobierno colombiano. Esa sentencia pretende, además, rehacer la historia de la subversión en Colombia. Ella escamotea la terrible agresión que sufría Colombia por parte de las FARC y de los carteles de la droga en ese momento y la guerra entre las FARC y los paramilitares. Esa sentencia pretende convertir a Manuel Cepeda Vargas, un agente subversivo violento, en un paladín “de la democracia”. Ese texto contradice incluso la historia de las FARC y del PCC al negar que entre la UP y las FARC haya lazos, al negar que los haya habido entre el PCC y las FARC. Esa sentencia es un acto de negacionismo histórico inadmisible.
Manuel Cepeda Vargas fue asesinado por paramilitares autónomos pagados por Héctor Castaño Gil, hermano de Carlos Castaño Gil, el jefe de las Autodefensas Unidas de Colombia (AUC). Dos sargentos del Ejército hicieron parte del comando que asesinó a Cepeda, eso es cierto, pero tales individuos estaban bajo órdenes de los paramilitares que organizaron y pagaron la emboscada.
La sentencia admite que Fabio de Jesús Usme Ramírez, alias el “Candelillo”, y Edilson de Jesús Jiménez, alias el “Ñato”, “habrían sido contratados por el señor Castaño Gil para dar muerte al senador Cepeda”; que la persona que conducía el automóvil desde donde se le disparó a Cepeda “habría sido un paramilitar llamado Pionono Franco Bedoya, quien habría muerto en octubre de 1994”. La sentencia agrega que la Fiscalía señaló que Víctor Alcides Giraldo, alias “Tocayo”, se encontraba vinculado al proceso por haber participado en la coordinación de los sicarios que ejecutaron a Cepeda, y que Giraldo había muerto durante las investigaciones, “poco después de fugarse de la cárcel de máxima seguridad de Bellavista en 1995”.
Por su parte, el diario El Tiempo de 12 de junio de 2001 reveló que de una cuenta bancaria de Héctor Castaño Gil “salió el dinero para pagarle a Fabio Usme”. El artículo agrega: “Esta cuenta, cuatro meses más tarde, sirvió para pagar los gastos funerarios de “Candelillo”, asesinado en Mutatá (Antioquia). El sicario fue sepultado el 16 de diciembre de 1994 en el cementerio Jardines de la Fe de Bello, con otro nombre”. En marzo de 2009, la Fiscalía dictó auto de detención preventiva a Edilson Jiménez Ramírez, por el atentado contra Cepeda Vargas.
En el libro Mi Confesión, de Mario Aranguren Molina, publicado en febrero 2001, donde el autor recoge las declaraciones de Carlos Castaño Gil, éste dice que él dirigió “el comando que ejecutó al senador Manuel Cepeda Vargas” y que él ordenó “su muerte como respuesta a un asesinato que perpetró (sic) las FARC, fuera de combate”. La Procuraduría siempre afirmó que Carlos Castaño Gil había ordenado a “Candelillo” y al “Ñato” intervenir en el ataque mortal contra Cepeda.
Iván Cepeda, y el colectivo de abogados que lo apoya, nunca hicieron la distinción entre un sargento que por compromiso con delincuentes comete un crimen y un sargento que bajo órdenes de su jerarquía comete un crimen. Esa distinción es esencial para conocer la verdadera naturaleza del atentado contra Cepeda Vargas. La responsabilidad o no del Estado colombiano depende de esa distinción.
Iván Cepeda no la hace. La CIDH no la hace. El Partido Comunista, del cual Manuel Cepeda era dirigente, no la hace. A ninguno de ellos les interesa que la ciudadanía sepa qué ocurrió el 9 de agosto de 1994. Les interesa, por el contrario, hacer creer que el Estado y el gobierno ordenaron ese atentado. Ello es falso. Ningún tribunal colombiano ha comprobado tal cosa. La misma CIDH fue incapaz de probar eso. En cambio, la Fiscalía y la Procuraduría de Colombia comprobaron que grupos paramilitares urdieron y realizaron ese asesinato. Iván Cepeda se aprovechó del hecho de que dos sargentos estuvieron en el atentado: los suboficiales del Ejército Hernando Medina Camacho y Justo Gil Zúñiga Labrador. Medina pertenecía al batallón Tenerife de Neiva y Zúñiga al Batallón Los Panches, también de la capital del Huila. Nadie ha establecido que sus jefes jerárquicos les hayan dado la orden de asesinar a Manuel Cepeda Vargas.
Iván Cepeda es impreciso cuando habla de los autores intelectuales del atentado. Pues sabe que éstos también fueron paramilitares conocidos, y no el gobierno, ni los mandos militares. Pero esa versión, la llamada verdad procesal, no le sirve a Iván Cepeda. El quiere otra cosa. El se empeña en utilizar una amalgama odiosa pero burda: que su padre fue asesinado “por funcionarios públicos”, o por “agentes estatales”. El y la CIDH pretenden hacernos tragar esta culebra: como había “agentes estatales” en la escena del crimen, ese crimen fue “ordenado” por el Estado, o “desde el Estado mismo”, como dice, en fórmula aún más ambigua, el magistrado que dictó la sentencia. Todo ello es inconsistente, si no falso. Los soldados Medina y Gil actuaron por su cuenta, como sicarios de paramilitares que eran, no por cuenta de su jerarquía, ni como “funcionarios públicos”. Iván Cepeda, quien trajina con ese tema desde diciembre de 1993, no ha podido probar lo contrario. La jerarquía militar cuando supo que Medina y Gil habían sido acusados de haber participado en ese crimen los entregó a la justicia. Hernando Medina Camacho y Justo Gil Zúñiga Labrador fueron capturados, juzgados y condenados a prisión por haber jugado un papel activo como autores materiales en ese asesinato.
En lugar de distinguir, Iván Cepeda confunde. Iván Cepeda logró hacerle creer al CIDH que la muerte de su padre se produjo en un “operativo mixto, de militares y paramilitares”. No obstante, cuando los citados sargentos obraron en ese comando lo hicieron como pistoleros al servicio de paramilitares, no como soldados de Colombia. La teoría del “operativo mixto” no tiene sentido si no se prueba antes que las fuerzas militares ordenaron a los dos sargentos cometer ese asesinato. ¿Eso ha sido probado? ¿Por quién?
Invito a los lectores a buscar en la sentencia la menor prueba de la teoría del “operativo mixto”: http://www.corteidh.
Basada únicamente en las conjeturas de Iván Cepeda, la CIDH sugiere que el coronel Rodolfo Herrera Luna les pagó a esos sargentos por el asesinato de Cepeda. Sin embargo, esa gravísima acusación nunca fue probada por la Fiscalía, ni por la Procuraduría, ni por la CIDH. Si la Fiscalía tenía “indicios” de eso, como afirma Iván Cepeda, ¿por qué no lo llamó a declarar? ¿Por qué fue revivido ese tema sólo después de la muerte en 1997 del coronel Herrera? La CIDH no lo dice. ¿Por qué esa sentencia evita toda precisión sobre la trayectoria personal y militar del coronel Herrera Luna? ¿No es acaso una pieza fundamental de su argumentación?
El paramilitar “Don Berna” acusó ulteriormente a Miguel Narváez, ex director del DAS, de haber “instigado” la muerte de Cepeda Vargas. Pero el “testimonio” de “Don Berna” es de tercera mano e inverificable: él dice basarse en la conversación con un muerto (“me enteré por boca del comandante Castaño”).
Estamos pues ante afirmaciones gratuitas y suposiciones contradictorias que la CIDH fue incapaz de transformar en evidencias, en pruebas irrefutables.
Si Iván Cepeda tuviera razón en cuanto a que los superiores de los dos sargentos impulsaron ese crimen habría una serie de oficiales y hasta un ministro de Defensa detenidos. El presidente de la República de la época (Ernesto Samper Pizano), o el presidente anterior (César Gaviria Trujillo), habrían sido llamados a declarar, por lo menos, pues Iván Cepeda habla de “crimen de Estado”. Pero ese no es el caso. ¿Por qué?
Sobre bases tan endebles la CIDH se atrevió a condenar al Estado colombiano “por acción y omisión” en el asesinato de Cepeda Vargas, e insiste en infligirle una serie de humillaciones, como lo del pedido de “perdón público”, entre otras. Aún más vergonzoso es que el gobierno colombiano, quien tuvo que haber leído la sentencia del 26 de mayo de 2010, y visto su carácter improbable, haya capitulado ante tales audacias y aceptado ser humillado.
El PCC no ha podido negar hasta hoy que Manuel Cepeda Vargas fue durante años el elemento que conectaba la cúspide del PCC con la dirección de las FARC, y viceversa, y a las FARC con la dirección cubana. Es decir, órdenes y planes de esas tres entidades pasaron por sus manos, con su aprobación. ¿Cuántos colombianos murieron por decisiones que él tomó? Manuel Cepeda Vargas no era un senador como los otros senadores. El tenía sangre en las manos. ¿Por qué las FARC le rinden tributo a Manuel Cepeda Vargas al darle ese nombre a uno de sus frentes más bestiales, el que secuestró a los diputados del Valle, entre otras fechorías? ¿Por sus bellos discursos?
Manuel Cepeda era un senador de la UP. Este no era un partido como los demás. La UP fue una creación de las FARC. La UP era el brazo político de una organización terrorista. Algo que ninguna democracia permite. La UP, dice el PCC, fue el producto de una “tregua” entre el gobierno de Belisario Betancur y las FARC. Dudoso. Esa tregua fue violada por las FARC desde el primer día: al mismo tiempo que creaban la UP, las FARC forjaban la coordinadora guerrillera Simón Bolívar. Las FARC enviaron varios de sus cuadros a “abrir una actividad política”. Era gente que había cometido atrocidades. Ese fue el caso, por ejemplo, de Braulio Herrera. Después de su periodo como dirigente de la UP, y de sus giras legales por el país y por Europa (con dineros del Parlamento colombiano), y de ser elegido representante a la Cámara, volvió al monte y allí masacró a un grupo de sus propios guerrilleros. Hoy no se sabe qué hicieron las FARC con él. Ese era un jefe de la UP, como Cepeda Vargas. Otro elegido de la UP, fue Luciano Marín Arango, alias Iván Márquez, alto jefe de las FARC. En la serie de atentados que sufrieran muchos miembros de la UP intervinieron varios actores: el cartel de Medellín y los paramilitares, sobre todo, y las venganzas personales de civiles, policías y militares que actuaban por su cuenta, y hasta las Farc y sus disidencias. ¿Hemos olvidado quien atentó contra Hernando Hurtado, otro alto jefe del PCC? La CIDH niega todo eso e intenta mostrar al Estado colombiano como el responsable de las muertes de la UP.
Cepeda Vargas fue asesinado por sicarios bajo órdenes de paramilitares. Entre los sicarios había dos militares. Pero esos militares no participaron en ese asesinato cumpliendo órdenes del Estado, ni del Gobierno, ni de las fuerzas armadas. Por eso no se puede decir que fue un “crimen de Estado”, como Iván Cepeda trata de hacer creer. Esa es la distinción que el gobierno del presidente Juan Manuel Santos debería haber hecho y no hizo.
Esa distinción es un punto decisivo. Decisivo para el honor de Colombia, de sus autoridades y de su ciudadanía. El pedido de “perdón” del ministro Vargas es un grave error, es una infamia contra Colombia, un insulto a todas las víctimas de las FARC y de los otros aparatos terroristas que esa banda creó.
Cepeda Vargas era un senador, pero era, al mismo tiempo, un hombre violento. El quería imponer por la fuerza un escenario: la destrucción de la democracia y la conformación de una dictadura “proletaria” en Colombia. Era un partidario de la combinación de todas las formas de lucha, es decir de la guerra prolongada, abierta y clandestina, contra los colombianos. Fue un violento que marginó a los elementos de su propio partido que se apartaban de esa vía. El murió a manos de otros violentos. El no merece que le erijan monumentos, ni merece que sea mostrado como un “ejemplo” para los periodistas, como pretende su familia.
Es probable que el Estado colombiano se haya defendido mal en ese largo pleito. Eso no lo transforma en el asesino de Cepeda Vargas. En la sentencia del 26 de mayo de 2010 se lee que, el 4 de julio de 2009, el Estado colombiano alegó (pero sin ser escuchado), que “no existió una política estatal con el fin de dar muerte al señor Manuel Cepeda Vargas; que no se probó la existencia del presunto ‘plan golpe de gracia’; que no existió un patrón sistemático de violencia contra los miembros de la UP ‘en cabeza del Estado’”. Además, alegó que “no es responsable por las alegadas violaciones de los derechos reconocidos en los artículos 16 y 22 de la Convención Americana” (libertad de asociación, de circulación y residencia). La CIDH rechazó los argumentos de la defensa y acogió sin discernimiento las pretensiones de la parte adversa. Eso explica por qué ese adefesio judicial es y será objeto de vivas controversias. Esa sentencia es una muestra más de la politización de esa Corte.
Eduardo Mackenzie
Blog Debate Nacional, París, 18 de agosto de 2011
jueves, 23 de septiembre de 2010
LA NOTICIA MÁS GLORIOSA EN LA HISTORIA RECIENTE DE COLOMBIA
Algunos orarán por su alma... bien por su fidelidad a los principios humanitarios y religiosos.
Otros nos concederemos algún placer personal... (¿Porqué me viene a la mente una hamburguesa de El Corral y un helado de Crepes & Waffles?)
Pero COLOMBIA ENTERA CELEBRA Y CELEBRARÀ la noticia más importante y feliz de nuestro tiempo.
Personalmente, me siento afortunada y privilegiada al vivir estos momentos. Me siento afortunada y privilegiada al escribir este mensaje y compartir esta dicha con las personas que aprecio.
GRACIAS GLORIOSO EJERCITO DE COLOMBIA!!
GRACIAS SEÑOR PRESIDENTE JUAN MANUEL SANTOS!!
GRACIAS, GRACIAS, GRACIAS INFINITAS, SEÑOR GENERAL ALVARO URIBE VELEZ!!
viernes, 30 de julio de 2010
¿CÓMO LES PARECE ESTA, MAMERTOS?
La lectura de esta carta por parte de los mamertos, puede producirles síntomas como diarrea, vómito, convulsiones, delirio, infarto agudo de miocardio, entre otros.
El Lounge Antimamerto declina cualquier responsabilidad ante los efectos mencionados.
El Lounge Antimamerto no pagará indemnizaciones, pensiones de invalidez ni de sobrevivientes, ni compensaciones económicas de ninguna naturaleza, a los mamertos que decidan leer el texto que sigue. (Sr. Ivan Cepeda, le tocó buscar platica en otro sitio)
AHORA SI... A gozar amigos!!!!
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Querido Señor Presidente Uribe:
"Sus dos períodos como Presidente de Colombia han producido una Colombia más estable y más próspera. Bajo su decidido liderazgo, las fuerzas de la ley y el orden han enfrentado a los terroristas y a los criminales que hicieron tanto por debilitar al gobierno de su país y por sembrar el miedo en la vida de muchos de sus compatriotas.
Esa firme posición suya ha permitido que las instituciones civiles de Colombia se hayan revitalizado y les ha dado a los ciudadanos una fresca confianza en el futuro de su país.
Al mismo tiempo, la liberalización de la economía que usted ha adelantado ha creado nuevas empresas y oportunidades de inversión, estimulando un crecimiento envidiable y asegurando una mayor prosperidad. Todo esto es un récord notable.
Deja usted al Presidente electo Santos un legado muy sólido y una base firme para continuar la historia de éxito de Colombia.
Un saludo muy cordial,
Margaret Thatcher
http://elespectador.com/noticias/elmundo/articulo-216222-margaret-thatcher-dice-uribe-un-verdadero-lider
viernes, 23 de julio de 2010
EL DELITO SE HUMANIZA
Hace algunas semanas, se publicaba la noticia en donde daban cuenta de una ladrona que actúa disfrazada de "Gatúbela": http://elespectador.com/noticias/elmundo/articulo-211101-buscan-una-ladrona-actua-mascara-de-gatubela

lunes, 5 de julio de 2010
LA VOZ DE LA CONCIENCIA NO SABE DE SUBTERFUGIOS JURÌDICOS
donde quiera que esté
Bogotá, 23 de junio de 2010
Su señoría,
En medio de la soledad de mis noches, a las que me condenaron hace ya tres años cuando detuvieron a mi esposo, el coronel Luis Alfonso Plazas Vega, reflexiono acerca de lo que está ocurriendo.
Veintitrés años después de los hechos dolorosos del Palacio de Justicia, mi esposo fue detenido, primero para investigarlo y después para juzgarlo. El fue privado de libertad pues un juez decidió que él era “peligroso para la sociedad”. Durante esos años he tenido que aprender a vivir sola, pues mis hijos salieron hace seis años del país por las amenazas que recibieron.
He pasado muchas noches tristes, muchas noches amargas, muchas noches con miedo. La de hoy es una noche especial. Son tantas las ideas y las preguntas que se atropellan en mi mente que he decidido levantarme para escribir y tratar de organizar mis sentimientos.
Hoy me enteré por los medios que usted se fue del país después de dictar la sentencia de cadena perpetua contra el coronel Plazas Vega, porque 30 años de cárcel para un hombre que ayer cumplió 66 años es cadena perpetua.
Eso me hace pensar en la inmensa responsabilidad que significa ser juez. Ser juez significa ser casi Dios. Con razón les dicen a ustedes “su señoría”. En manos de una juez estuvo y está nuestra vida. La mía, la de mi esposo, la de mis hijos. Usted acaba de destruir esa vida, esas vidas, sin razón: la de mi esposo, la mía, la de mis hijos y la de mi nieto y la de los nietos que vendrán, y las vidas de toda nuestra familia. Qué responsabilidad tan grande. Es casi sobrenatural. Manejar y definir la vida de un ser humano y decidir encerrarlo en una celda el resto de su vida, castigarlo de esa manera porque “supuestamente” cometió un delito, es adelantarse en la Tierra a la justicia divina!
Que íntegra, qué centrada, qué vertical, qué honesta, qué ecuánime, qué imparcial, qué preparada, qué equilibrada, qué valiente, debe ser una persona para ser buen juez. ¿Usted reúne esas virtudes? Estoy segura que no. Creo que no reúne ninguna de esas virtudes. Si así fuera, usted jamás hubiera proferido esa sentencia, ni condenado a un hombre inocente, honesto, cristiano, servidor de la Patria, buen colombiano y con una hoja de vida intachable. Contra él usted no reunió una sola prueba. Usted se basó en el testimonio de un testigo fantasma, al cual ni usted ni la defensa vieron, ni pudieron interrogar personalmente, porque nunca se presentó a la audiencia y cuyo testimonio son cuatro hojas llenas de mentiras en las cuales ni siquiera su firma es auténtica. Su Señoría, usted condenó sin pruebas materiales a un acusado. Eso sí que es un delito comprobable y abominable, además de ser un pecado.
Cómo quisiera sentarme con usted, su señoría, frente a frente, para mirar sus ojos y para tratar de ver qué hay dentro de usted.
¿De qué huye señora juez? Dicen los medios que usted huye de las amenazas que le llegaron por este caso. Si tiene dudas le quiero decir una cosa: no ha sido el coronel, ni su familia, quienes la han amenazado.
Mis hijos viven en el exterior, y son hombres bien criados, que nacieron en un hogar cristiano y que son nuestro orgullo por sus valores. El coronel Plazas lleva diez meses sometido a un tratamiento médico en el Hospital Militar de Bogotá por los daños emocionales que usted, con su actitud brutal e intransigente, con su decisión de negarle la posibilidad de acompañar a su padre en el momento de su muerte, le ocasionó. Y después por hacerlo sacar del hospital y llevarlo amarrado de pies y manos, como un delincuente de la peor ralea, a una cárcel que no le correspondía --de acuerdo a la Constitución y a la ley a las que usted no se somete. Usted, durante todo este tiempo, ordenó que él fuera vigilado por guardianes del Grupo de Reacción Inmediata del Inpec, vigilancia extraordinaria que no fue puesta a verdaderos criminales como “alias la pantera” o a “alias Pablito”, ni a ningún sicario, ni a ningún guerrillero.
Yo soy una mujer sola. Yo no sé formular amenazas. Mi formación, mi educación, rechazan esa manera de actuar. Como madre y esposa he sufrido la tortura sicológica que producen las amenazas. Fuimos amenazados durante varios años cuando el coronel Alfonso Plazas se enfrentó al narcotráfico de este país desde la Dirección Nacional de Estupefacientes. Jamás se nos ocurriría a nosotros hacer lo mismo con alguien.
Yo creo que usted sí fue amenazada por otra gente, no por el coronel Plazas. Y ese miedo la presionó a actuar, a sentenciar como lo hizo. Estimo que usted no está huyendo de tales amenazas. Usted huye ante los temores que le genera el hecho de haber cometido un delito grave como es condenar a un inocente. Presumo que eso es lo que ha ocasionado la demora de más de ocho meses en proferir su inicua sentencia condenatoria, mientras organizaba cómo cumplir con un pacto secreto e infame y cómo resguardarse de lo que puede implicar moral y jurídicamente fallar sin pruebas y enviar a la cárcel, de por vida, a un inocente.
Usted está huyendo de su propia conciencia. Huir de eso es muy difícil. Puede usted ir al lugar más apartado del planeta pero siempre la sombra de su culpa la seguirá.
La verdad es que nosotros estamos sufriendo inmensamente, y que usted ha acabado con nuestras esperanzas, pero tenemos paz interior. Tenemos fe en que cuando este caso llegue a las manos de un juez probo, sereno, con las virtudes que mencioné, la justicia se abrirá paso.
No sé en qué país del mundo está usted ahora. Lo que sí sé es que usted no puede estar tranquila. Su irresponsabilidad y su crueldad han sido inmensas, y por eso sé que no encontrará paz ni sosiego en ninguna parte.
Le recomiendo que sea valiente y que descargue su conciencia contando quien la amenazó a tal punto de que no pudo obrar como una verdadera juez de la República de Colombia. No soy persona de odios ni de resentimientos. Pido a Dios que me libre de esos sentimientos. Soy sincera al decir que siento por usted cierto pesar y cierta conmiseración por el enorme peso que ha decidido usted misma cargar sobre su conciencia.
En una entrevista que dio a El Espectador, usted dijo que ha tenido que pedir ayuda siquiátrica y tomar gotas. Yo sé porqué el Coronel Plazas tuvo problemas emocionales. Ya lo expliqué. Quisiera saber qué es lo que a usted la atormenta tanto.
Durante el juicio oré por usted, para que Dios entrara en su alma y la ayudara a obrar en Derecho y en Justicia y a no dejarse vencer por los intereses malvados que la acechan. Veo, sin embargo, que en este caso, hasta ahora, el Mal venció al Bien. Empero, nunca es tarde señora juez. Alivie su conciencia para volver a tener paz interior. Hágalo por temor de Dios. Siempre me pregunté por qué, en las audiencias a las que asistí, nunca pude encontrar su mirada. Usted nunca me miró a los ojos. Ahora entiendo. Usted ya estaba comprometida, y su lucha interna no le permitía mirarme a los ojos.
Hoy usted está posiblemente en Alemania, apoyada por algunas Ongs y por organizaciones de izquierda. Mientras tanto, el coronel Plazas quedó aquí privado de la libertad, luchando con su equipo de defensa, para demostrar su inocencia, porque en la justicia de Colombia, a pesar de lo que dicen la Constitución, las leyes y la jurisprudencia, a los militares no se les tiene que demostrar su culpabilidad sino que ellos tienen que demostrar su inocencia.
Pero el coronel Plazas también está apoyado por cientos de miles de ciudadanos, de diferentes niveles, por gente del común, por colombianos de bien. E incluso por personas de otros países que nos han manifestado su apoyo y su solidaridad.
Tengo la absoluta certeza de que usted no está bien interiormente. No lo estará nunca mientras su víctima, el Coronel Plazas Vega, esté privado de libertad. Creo señora juez que usted malogró su propia vida. Usted podrá huir de Colombia, pero no podrá huir de su propio remordimiento.
Aquí, aunque no tenemos libertad, tenemos paz interior, a pesar de la infamia de que somos víctimas. Dios está con nosotros.
Atentamente,
THANIA VEGA
Bogotá, 23 de junio de 2010
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NO LO OLVIDAREMOS
USTED VIVE EN NUESTROS CORAZONES Y NUESTROS CORAZONES VIVEN POR USTED
GRACIAS POR DEFENDER NUESTRA DEMOCRACIA
martes, 15 de junio de 2010
UNAMOS NUESTRAS VOCES
En esta ocasión traigo como invitado a www.palaciodejusticia.org , sitio dedicado a mostrar la verdad sobre el atentado terrorista al Palacio de Justicia, y sobre el inmisericorde acoso judicial de que fue víctima el oficial que comandó la unidad táctica encargada de ingresar al sitio para iniciar la recuperación de las instituciones democráticas por vía de las armas de la República.
Referencia: http://palaciodejusticia.org/index.php?option=com_content&view=article&id=130:talibanismo-judicial&catid=26:prensa-escrita&Itemid=56
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Hace unos días, cierta prensa trató de hacernos creer, con ayuda de unas encuestas, que Antanas Mockus ganaría la primera vuelta de la elección presidencial. Era una mentira. Esa misma prensa, con la ayuda de una juez, trata ahora de hacernos creer que el coronel Luis Alfonso Plazas Vega, el héroe de la liberación del Palacio de Justicia en noviembre de 1985, quien rescató a 244 rehenes que habían caído en manos de los terroristas, es el responsable de las “desapariciones” del palacio de Justicia.
Estamos de nuevo ante una gran mentira.
La sentencia inicua mediante la cual una juez de Bogotá, María Stella Jara Gutiérrez, condenó, en primera instancia, al coronel Plazas Vega a 30 años de prisión no inspirará el respeto que normalmente merece toda decisión de justicia de un país democrático.
Pues esa sentencia es la negación del debido proceso.
De hecho esa sentencia, en lugar de aportar serenidad, aporta incertidumbre, estupor y amargura al país. Los legítimos pronunciamientos de altas personalidades del gobierno, del Estado, de la prensa y de la sociedad civil contra esa sentencia, muestran que Colombia no está dispuesta a aceptar esa nueva impostura. No hay justicia sin verdad.
No hay Derecho sin respeto de las reglas de Derecho. Lo jurídico descansa sobre unas normas preexistentes y sobre un procedimiento. El jurista Jhering decía que “el procedimiento es la hermana gemela de la libertad”. Esos principios fueron pisoteados en el proceso del coronel Plazas Vega.
La sentencia de la juez Jara es aberrante pues no hay en ella correlación alguna entre la salvaje sanción impuesta y la prueba de la culpabilidad. Es inaudito pero es cierto: el Coronel Plazas ha sido condenado en basa a nada. En la sentencia no se encuentra ni confesión del acusado, ni la prueba irrefutable de que él haya cometido el delito que le reprocha la juez. ¿Dónde está la prueba material irrefutable de que él ordenó, o de que él realizó personalmente, la “desaparición forzada agravada” de unas personas?
En ninguna parte.
En la sentencia de 302 páginas no hay el menor rastro de una prueba en ese sentido. De una prueba cierta, verdadera, franca. Solo hay conjeturas y especulaciones dudosas del abogado de la parte civil, las cuales son acogidas por la juez. Esta acepta como pruebas, y finca su decisión final, sobre testimonios espurios, repudiados por el Ministerio público y por la defensa.
Ni siquiera hay indicios serios, repetidos y concordantes, contra el acusado. Lo que sí hay son elucubraciones en el aire, suposiciones, deducciones y teorías insólitas. Sobre todo deducciones gratuitas, sin soporte material, ni basada en hechos comprobados.
Ese proceso no buscaba la verdad judicial. Buscaba demostrar una tesis y destruir físicamente y moralmente al acusado. Nunca hubo allí equidad, ni garantías para la defensa. La instrucción no logró probar que Plaza Vega tuviera algo que ver con los llamados “desaparecidos” del palacio de justicia.
Por eso la Procuraduría y la defensa del Coronel pidieron que el acusado fuera absuelto. Por eso el Procurador General de la Nación y el abogado del Coronel anunciaron que interpondrán el recurso de apelación contra esa sentencia.
Quienes responsabilizan al coronel Plazas y a otros militares por la tragedia del palacio de justicia tuvieron 25 años para investigar ese asunto y para conseguir pruebas sólidas. ¿Dónde están? No están, en todo caso, en manos de la juez, pues ésta no las presentó en la sentencia.
Esos acusadores, que dicen buscar la verdad, se niegan a pedir que se investigue a los ex miembros amnistiados del M-19, quienes detentan, probablemente, muchas verdades acerca del horrible crimen que cometió el M-19 ese día. Pues no les interesa saber quién es el verdadero y único responsable de esa tragedia. Sólo quieren, con el proceso contra los militares, golpear al “enemigo de clase”, a los defensores del Estado y del gobierno legitimo.
Ellos no podían encontrar nada pues se alejaron de la única investigación seria que se ha hecho de ese triste episodio: la del Tribunal Especial de Instrucción, el cual firmó su excelente informe el 31 de mayo de 1986. Esa investigación, realizada por dos eminentes magistrados, Jaime Serrano Rueda y Carlos Upegui Zapata, con la ayuda de diez jueces de instrucción, afirma que no hubo desaparecidos en el palacio de justicia; que “los llamados desaparecidos perecieron en el holocausto”, que esas víctimas del terrorismo “se consideraron desaparecidos porque sus cadáveres no fueron identificados”, pues sus restos fueron encontrados en un alto grado de calcinación que impidió toda identificación en esos meses y en los años siguientes.
Ese informe reitera que “existe un grupo de cadáveres que necesariamente corresponde a los desaparecidos”. El informe concluye esto: “El Tribunal considera que existe prueba suficiente en el sumario para concluir que tales personas fallecieron en el cuarto piso a donde fueron conducidos como rehenes en los primeros momentos de los sucesos”.
La investigación de la Fiscalía se apartó de ese enfoque por motivos ideológicos: pues había que probar que los militares “desaparecieron” una parte de los rehenes liberados. Sin embargo, nada prueba hasta hoy que eso haya sido así.
Esa condena de 30 años fue tomada por una juez, no por un tribunal. La colegiatura, en derecho penal, es esencial. Solo un tribunal puede abordar sin prejuicios desde el comienzo el proceso y decidir con conocimiento de causa. “La colegialidad es una garantía de buena justicia pues un hombre solo no puede discernir con holgura el juicio que conviene dar”, dice la profesora francesa de Derecho Marie-Anne Frison-Roche.
La fiscal y la juez, tuvieron más de tres años para buscar la verdad y no la encontraron, a pesar de que gozaron de todas las garantías, y tuvieron en sus manos todas las palancas (y hasta abusaron de éstas) para hallar la verdad. Pero no la hallaron. ¿Querían realmente hallarla? Una persona había sido designada como culpable desde el comienzo de la instrucción. Se trataba de impulsar un juicio político de escarmiento contra un símbolo de las Fuerzas Armadas, para sembrar el terror entre las fuerzas militares y de policía de Colombia y para hacer una exhibición de fuerza.
Ese veredicto es monstruoso pues se ha condenado a un inocente. Ese veredicto tiene, al menos, un lado positivo: el hará que millones de colombianos abran los ojos sobre lo que hay detrás de la crisis de la justicia colombiana.
Para atribuirle al Coronel Plazas la responsabilidad del crimen, la juez acudió al implante absurdo de una discutible teoría llamada de la “autoría mediata”, pues la fiscal había comprendido que no podía inculpar a Plazas como autor propio de un crimen. La fiscal optó por la vía indirecta: lo acusó de ser “coautor impropio”.
Pero la juez rechazó ese enfoque y optó por una teoría traída de los cabellos que consiste en decir que se le puede atribuir responsabilidad penal a una persona que no cometió un delito penal. La cómoda teoría, que puede dar para todo, sobre todo para cometer los peores abusos judiciales, como en el caso del Coronel Plazas, dice que esa persona puede ser vista como responsable de un crimen por el hecho de haber hecho parte de la “estructura organizada de poder”. Esa noción no existe en derecho positivo colombiano. Es un desarrollo reciente y cuestionable y que no es aplicado por los países democráticos por sus graves inconvenientes. Esa teoría poco clara pretende que se le puede imputar la “autoría mediata” de un crimen a una persona que no cometió el crimen o que no intervino directamente en la ejecución del crimen, pero que “dominaba la realización del crimen sirviéndose de un aparato de poder”.
La juez trata de mostrar los méritos de esa teoría diciendo que el jurista alemán Claus Roxin, inventor de la misma en 1963, logró incorporarla “a la dogmática penal a partir del caso Eichmann”. La juez calla un hecho. Esa teoría no fue utilizada en el proceso de Adolf Eichmann, realizado dos años antes del famoso invento de Roxin. El tribunal israelí condenó a muerte al verdugo nazi pues probó de manera ordinaria, clásica, la responsabilidad de éste en la Solución Final, sin valerse de curiosas teorías.
Pero incluso para aplicar la teoría Roxin hay que probar, al menos, que el responsable ordenó la comisión del delito.
En el caso del Coronel Plazas esa orden no fue jamás probada. En todo caso, el uso de esa teoría y la evocación del caso Eichmann en la sentencia del Coronel Plazas, muestra un a priori ideológico, una actitud militante y no imparcial de la juez. Ella considera de alguna manera que la acción del coronel Plazas en defensa del palacio de justicia, asaltado de manera sangrienta por terroristas marxistas, y en defensa de un régimen democrático y elegido por el pueblo en elecciones libres, es de la misma naturaleza que los crímenes de los nazis.
De ello se desprende otra conclusión: los otros militares cuyos procesos están en curso por la defensa que hicieron del palacio de justicia, y las otras personas que quieren atraer a esa trampa, serán vistos por la juez y sus aliados también como nazis irrecuperables (lo que era Eichmann) y sufrirán sentencias aberrantes gracias a la aplicación de la peregrina teoría de la “autoría mediata”.
Lo curioso es que la juez Jara no piensa un minuto en aplicar esa misma teoría para detener y llevar a juicio a los jefes del M-19 amnistiados, quienes detentan los secretos de lo que ocurrió en el palacio de justicia y de las otras actuaciones criminales del M-19.
Los primeros que deberían estar decepcionados de ese fallo son los familiares de las personas que perecieron a causa del acto terrorista cometido por el M-19 y que no han sido todavía identificadas. Pues la investigación de la Fiscalía, y la sentencia de primera instancia, no arrojaron luz sobre el paradero de esas personas. La juez Jara sigue negándoles a esos familiares la práctica de una prueba de ADN a los restos no identificados. Ello podría sacar la verdad a la superficie. Tal prueba podría confirmar lo que dijo el Tribunal Especial de Instrucción: “los llamados desaparecidos perecieron en el holocausto”.
